EDITORIAL

American Horror Story

Un grupo de fanáticos del saliente presidente Donald Trump asaltó ayer el Capitolio. Más allá de la irritante personalidad del empresario, el sistema electoral es obsoleto.

Uno de los líderes de la toma del Capitolio. (Foto abc.es)

*Por Horacio Minotti. Director Ejecutivo de Trust Consultora. Ayer se vivieron horas desconcertantes y violentas en el distrito federal de los Estados Unidos, cuando un grupo nutrido de partidarios del presidente saliente Donald Trump, tomaron, fuertemente armados y con un alto grado de violencia, el Capitolio, la sede del poder legislativo norteamericano.

El saldo fue de 4 muertos y 15 heridos, pero no podemos quedarnos en el hecho puntual. Existe una recurrente simplicación en los medios que consiste en plantear que un líder malo (Trump) insta a sus seguidores violentos, a hacer cosas horrendas contra la democracia. Pero esto no es tan lineal.

Es cierto que el presidente que no consiguió su reelección parece una persona poco afecta a seguir las reglas, al menos de ese modo declara y alienta a sus seguidores a tomar acciones poco convencionales, pero no pueden omitirse una serie de cuestiones que sumadas, han colocado a los Estados Unidos (y también a buena parte del mundo moderno) sobre una democracia temblorosa, ineficiente, poco creíble, endeble.

El Servicio Secreto dispuesto a evitar el ingreso de los violentos.

Como primera medida, la fragilidad de las democracias modernas, exige un sistema electoral medianamente ordenado para mantener la legitimidad. Y el sistema norteamericano es decididamente un desastre. Pudo haber servido cuando lo diseñaron los padres fundadores y por otro siglo más, pero hoy es un tembladeral.

Basta pensar en un par de cosas, aunque existen dos decenas para corregir. En la mañana siguiente a la de la elección, uno de los candidatos había ganado 6 estados clave con cierto margen. Pero 10 días (¡10 días!) después se siguieron contando lentamente votos que llegaban por correo, cuya certificación de identidad es dudosa, y los resultados en todos esos Estados cambiaron, ganó el que había perdido y lo hizo por mil votos. ¿Quien votó cuando llega un sufragio a mi nombre en un sobre por correo que se cuenta 10 días después de las elecciones? ¿Fui yo, o un puntero que sabe que no me presenté a votar?.

Semejante fenómeno ¿no resulta un impulso frente a un ambiente social ya caldeado, para la violencia? Si una elección de estas características se hubiese producido digamos en Siria o Nicaragua ¿las Naciones Unidas hubiesen reconocido al nuevo gobierno?.

Se ha tildado a Trump de populista, y lo es desde el punto de vista de lo que expresa, aunque menos que los democrátas desde el ángulo de la acción, es decir de las políticas que lleva a cabo. En política conviene siempre mirar lo que el dirigente hace, más que lo que dice. El recorte y pretendida reformulación del sistema de salud conocido como Obamacare, generado en la administración de su predecesor, es seguramente la medida menos populista que puede imaginarse.

Aún así, no puede omitirse que la personalidad del empresario de frondoso flequillo ha generado divisiones violentas en la sociedad. Trump es refractario, expresa lo que piensa con crudeza, no responde a la tradición contemporizadora de los presidentes estadounidenses. Esto provoca fuertes adhesiones de quienes se sienten despreciados u olvidados por el establishment, e intenso rechazo por parte de quienes pretenden que dicho establishment continúe administrando el poder.

La toma del Capitolio.

Otro de los elementos a considerar del sistema electoral nortemaericano, es el del colegio electoral, o al menos la forma en que el mismo esta diseñado. Por ejemplo, si un candidato gana el Estado de California por un voto, gana 55 votos electorales en dicho colegio. Y si su rival gana por tres millones de votos de diferencia en Florida, obtiene 29 votos electorales. ¿Cuanto aguanta un sistema semejante sin una explosión social violenta?. Fue un milagro que haya llegado hasta acá.

Los medios imputan toda la responsabilidad de las acciones violentas a las declaraciones de Trump, pero esta claro que el sistema es un flan. Los dichos de una persona pueden echar leña al fuego, pero el fuego ya existía, no lo crea un orate con una cuenta de tweeter.

Esa gente enardecida que tomó el Capitolio por una horas tiene problemas no resueltos por la política, o peor, por la democracia. Es dificil creer que Trump le haya solucionado los problemas, pero sí ha simulado comprenderlos y contenerlos. Y encima el sistema se muestra dudoso, frágil, violentable. Vengamos a nuestro país, pensemos que llega la elección, a las 3 de la mañana la tendencia muestra un claro ganador, sus partidarios festejan, los de su rival se entristecen y se van a casa. Pero las provincias siguen contando votos que llegaron por el correo otros diez días y el que perdió esa noche termina ganando por mil votos. Si usted no sospecha de un posible fraude es un marciano.

Esa gente enardecida que tomó el Capitolio por una horas tiene problemas no resueltos por la política, o peor, por la democracia.

Los hechos que vimos ayer, se produjeron en el país que muchos llaman “la democracia mas desarrollada del mundo”. Pero su desarrollo está estancado. El sistema electoral permanece casi inmutable desde fines de 1.700. Cuando la aceleración de los cambios sociales y tecnológicos ha cobrado una velocidad extraordinaria en los últimos 30 años, el mundo ha cambiado por completo, las comunicaciones hacen que, desde Buenos Aires, veamos en vivo las imágenes de la toma del Capitolio, cuando, para la época en que se estableció el sistema estadounidense, la información hubiese llegado en barco un mes depués; el sistema no puede no adaptarse a las nuevas necesidades y exigencias sociales.

La democracias deben dejar de lado su soberbia, entender que las sociedades las están cuestionando ferozmente, entre otras cosas, porque hay aspectos a los que no están dando respuesta suficiente, y fortalecerse desde donde pueden hacerlo: perfeccionando cada día los sistemas electorales para dejar el menor lugar a dudas posible. Es el único modo de prolongar la vida de un sistema destinado a mutar.