ELECCIONES EEUU

Estados Unidos sepulta el mito de la democracia perfecta

Solo imagínese el lector que en nuestro país, las autoridades de turno le dicen que siguen contando votos 4 días después de cerrada la elección, que son votos que llegan por correo y que esos votos dan vuelta un resultado que era holgado en el primer recuento.

*Por Horacio Minotti. Director Ejecutivo de Trust Consultora. En las elecciones de medio término de 2017 en nuestro país, hubo problemas con el sistema de recuento de votos. Los telegramas, el correo, el sistema informático, algo pasó y el conteo se demoró.

En Provincia de Buenos Aires, competían por el Senado Esteban Bullrich por Cambiemos y Cristina Fernández de Kirchner por el Frente para la Victoria. A medianoche, con pocos votos contados, Bullrich salió a festejar el triunfo que le daba un margen mayor a 4 puntos porcentuales de diferencia. A las 4 de la mañana del día siguiente a la elección, la diferencia se había reducido a menos del 1%, Cristina declaraba que nunca había visto “un bochorno igual” y que ella era la ganadora. Cerca de las 9 de la mañana del día siguiente las autoridades confirmaron que el ganador era el candidato de Cambiemos por escaso margen.

Aún así fue un escándalo. Se cambió el responsable del área electoral, el gobierno debió disculparse por los inconvenientes. Un papelón. Ahora, imagínese usted si se la hubiesen pasado contando una semana.

Piense además, si fuese posible votar por correo y si esos votos se pudiesen recibir hasta una semana después de cerradas las urnas. Busque en su mente, el modo en que, en un voto por correo, pueda acreditarse de modo fehaciente la identidad del votante y la libertad con que emitió ese sufragio.

Busque en su mente, el modo en que, en un voto por correo, pueda acreditarse de modo fehaciente la identidad del votante y la libertad con que emitió ese sufragio.

Por fin, recree en su imaginación, que en determinada elección, el candidato que perdió en el recuento de votos presenciales, da vuelta la elección y gana en la avalancha de votos por correo, que nadie puede determinar de donde salieron.

Sigo invitando a la imaginación. Suponga amigo, que cada provincia pone sus propias reglas electorales para elegir autoridades nacionales. Es muy propio del federalismo que cada una tenga sus normas para seleccionar a las autoridades provinciales, pero si forman parte de un mismo país, es razonable que la elección de autoridades federales (Presidente y Vice al menos), las reglas sean únicas. Si ya tenemos bastantes problemas así, piense usted que pasaría si Formosa y Santiago del Estero, por ejemplo, tuviesen sus propias reglas electorales para elegir presidente.

Si ya tenemos bastantes problemas así, piense usted que pasaría si Formosa y Santiago del Estero, por ejemplo, tuviesen sus propias reglas electorales para elegir presidente.

Bueno, los Formosas de Estados Unidos, tienen sus propias reglas, sus propias autoridades para el recuento, que definen no ya los gobiernos estaduales, sino los de los condados (municipios).

Para sazonar algo mas la ensalada (o pantomima, como prefiera), piense que un candidato gana California por un voto, pero pierde Florida y Pensilvania por 10 millones de votos en cada caso. El primero envia 55 votos electorales al Colegio Electoral y el segundo, sumando ambos estados, solo 49. Algo así como si un candidato en Argentina gana la Provincia de Buenos Aires por un voto pero pierde Córdoba, Santa Fe y CABA por un millón de diferencia en cada caso, pero igual es presidente por ese voto de diferencia en Provincia. Un dislate.

Por fin trate de reflexionar que creería usted de nuestra democracia, si en los últimos 20 años, la elección presidencial hubiese tenido que definirla la Corte Suprema, como ya pasó en el 2000 en los Estados Unidos y probablemente pase ahora.

El sistema electoral norteamericano tiene como única base de sustentación la buena fe. Sin buena fe, el sistema es un tembladeral y la democracia no funciona. Y es palpable que la misma no ha existido en este proceso.

Uno no sabe si la personalidad refractaria e irritante de Donald Trump fue un factor, o si simplemente, el establishment político compuesto por burócratas que recorren pasillos en Washington todos los días, poderosas empresas y medios de comunicación, prefieren que el poder siga siendo administrado por personas mas “fiables”, de adentro, mas “conversables”.

Gente “confiable” para el establishment.

Trump fue el primer presidente de la historia moderna norteamericana que no provino de ese elite política. No fue antes senador, ni gobernador, ni recorrió el cursus honorum de la política. No tiene sus “códigos” ni sus normas internas, al contrario, las desprecia.

Pero, alguien que ha seguido elecciones durante los últimos 35 años les puede asegurar que no se ha visto jamás, tales niveles de ensañamiento. Tal vez Trump también haya hecho su parte con sus modos hostiles, pero la prensa debe informar, con algún grado de equilibrio y veracidad.

Es cierto que es costumbre en Estados Unidos que los medios tomen partido por un candidato. De hecho, nadie oculta que hay medios que son demócratas y otros que son republicanos. Pero concluídos los procesos electorales y habiendo un ganador, las empresas de comunicación recuperan cierta ecuanimidad hasta la próxima elección, la institución presidencial se respeta, y el equilibrio informativo se aproxima un poco más a lo que se espera de un medio.

Nada de esto ocurrió con Trump que fue atacado en forma sistemática y organizada por casi todas las cadenas de noticias y por todos los períodicos cada día de su presidencia, algo bastante poco democrático.

A este entente se sumaron las empresas propietarias de las redes sociales, que sistemáticamente censuraron los posteos del presidente. Sobre el final de la campaña por ejemplo, la mitad de los twits de Trump quedaron bajo una leyenda que decía que la información de ese mensaje era dudosa.

Sin embargo, unos cuantos de los dichos de Joe Biden, como en toda campaña, eran tan dudos como los de su rival, pero ni una vez la empresa Twitter, en toda la campaña, lo puso en duda.

En fin, esta claro que nadie quiere a Trump en la Casa Blanca, por el motivo que sea, y que se articuló una maquinaria organizada y de una fenomenal potencia para desplazarlo. Incluso así, la mitad de los norteamericanos lo respaldó.

El conteó de votos casi concluyó, Biden ganó, y todavía podría haber alguna resolución judicial que modifique algún resultado, pero eso no quita el evidente hecho, de que la democracia estadounidense es un mito, una ficción, al menos en estos tiempos, que la sociedad lo percibe lo cual genera un estado de alteración y violencia que no se vivía desde la guerra civil.

Tal vez, no sea más que otro evento, que demuestra la crisis de la ficción democrática en todo el mundo.