DEPORTIVO

“La Flaca” González: “armen un partido y pruebo. Si me gusta, me quedo”.

Figura de la selección femenina de voley en los ’90, debió retirarse por una multiplicidad de problemas óseos. A los 44 años volvió para ser figura del voley adaptado. Claudia Gonzalez dialogó con Criterios.

*Por Belén Medina (@belmedina10). “Yo era jugadora de alto rendimiento en la década de los 90. Empecé en la Selección en el 88 y jugué hasta el 99, cuando quedé embarazada de mi segunda hija fue que dejé la Selección. En el 2000 tuve una lesión por una enfermedad ósea, por un tumor. A partir de ahí, inicio una serie de operaciones y de rehabilitación que llevaron casi 5 años.

5 operaciones y muchos años de internación domiciliaria, donde caminaba con muletas o en algún momento podía apoyar, pero caminaba con bastón. Fue muy largo todo el proceso de rehabilitación desde que dejé el alto rendimiento hasta que volví a caminar sin un elemento que pudiera ayudarme a hacerlo. Después de esto, primero tuve un período de recomponerme en mi vida social y familiar, de reinstalarme con mi nueva motricidad. Después nació mi tercer hijo, Facundito, que fue una bendición y una conexión.

Después de tener a Facu volví a tener complicaciones con el trasplante y la reconstrucción de mi rodilla. Empecé a tener muchos problemas sobre todo de dolor, un clavo se movió y se incrustó en el cortical y me generaba mucho dolor.

Después de tener a Facu volví a tener complicaciones con el trasplante y la reconstrucción de mi rodilla. Empecé a tener muchos problemas sobre todo de dolor, un clavo se movió y se incrustó en el cortical y me generaba mucho dolor. Acá ya habían pasado 10 años, en los cuales yo no hice ni deporte ni alto rendimiento, sino que simplemente me dediqué a reconstruir primero mi marcha y motricidad, y después, un poco la reinstalación a mi vida familiar y el trabajo”.

“Cuando empecé con los dolores y volví a ver cuál era el tratamiento, empezamos a evaluar cada 4 o 5 meses durante unos cuantos años -casi 5- la posibilidad constante de operarme o no. Fueron años muy difíciles, muy oscuros porque fueron momentos en los cuales caminar me dolía mucho y era como un volver hacía atrás con la motricidad. Un tiempo después entendí que tenía que ver con la no aceptación de todo lo que me estaba pasando.

Durante años con el tema de las operaciones, después con la reinstalación social y un hijo nuevo, noté que estaba distraída como para aceptarlo. En la decisión de las no operaciones, me encontré con dos personas: una era un profe de yoga y el otro un coach que vino a la empresa donde yo trabajo. Con ambos comencé a trabajar todo lo que tenía que ver conmigo. En yoga trabajé lo que era la conexión corporal y con el coach la conexión emocional con todo lo que me había pasado; este cambio de vida de deportista de alto rendimiento que representaba al país y jugadora exitosa, a la frustración de no seguir haciéndolo. Entre que pasé del alto rendimiento al vóley adaptado pasaron realmente 17 años.”

Una vez que yo empecé a trabajar con yoga, entendí que extrañaba horrores conectarme con mi cuerpo y que me había traído infelicidad de alguna manera y una negación de mi situación.

“Entonces una vez que yo empecé a trabajar con yoga, entendí que extrañaba horrores conectarme con mi cuerpo y que me había traído infelicidad de alguna manera y una negación de mi situación. En cuanto empiezo a trabajar con el yoga, empiezo a entender que para mí era importante el deporte. En ese momento sólo hacía yoga de manera diaria, se había convertido en una manera de vivir y realmente me cambió.

Cambió mi mirada sobre mi discapacidad y limitaciones. Antes de conectarme con el cuerpo lo único que sentía era que yo era toda esa tibia trasplantada que no funcionaba, con lo cual la discapacidad me había ganado”.

“Como mis hijas ya eran adolescentes, quisieron jugar al vóley porque mi familia -tanto el papá de los chicos como mis amigos y yo- somos jugadores de vóley, con lo cual era lógico que quisieran. Cuando volví a los gimnasios, empecé a encontrarme con un montón de gente querida, con mi historia como deportista. Fue movilizante.

Ahí me encuentro a Horacio Gómez, secretario técnico de la Metro y mi primer entrenador. Él es el que me quiere sumar a un proyecto de vóley adaptado, porque creía que mi incorporación iba a ser importante debido a que era una jugadora reconocida en el vóley convencional y que le iba a traer una visibilidad importante. Yo pensaba acompañar desde la gestión, pero ellos me insistieron en ser jugadora. A mí no me parecía porque hacía años que no tocaba la pelota y ya tenía 44. Les dije: ´armen un partido y pruebo. Si me gusta, me quedo´.

En el momento en el que abrí la puerta y vi la cancha de vóley armada -aunque en el piso- se me hizo un nudo en la panza. Me emocioné y empecé a sentir esa cosa que siente el deportista cuando tiene ganas de jugar al vóley.

En el momento en el que abrí la puerta y vi la cancha de vóley armada -aunque en el piso- se me hizo un nudo en la panza. Me emocioné y empecé a sentir esa cosa que siente el deportista cuando tiene ganas de jugar al vóley. A los 5 minutos estaba entrando en calor de la misma manera que lo había hecho hace 17 años atrás. Rápidamente volví a conectarme con lo que significa ser una deportista.

Fue un día bisagra en mi vida, porque entendí que el deporte -ya sea de alto rendimiento o no- era importante en mi vida. Ese era un lugar en el que quería quedarme. Los atletas de deporte adaptado son atletas como cualquier otro. Todos hacen los mismos sacrificios, la dedicación es la misma, la entrega es la misma. No hay diferencia entre el alto rendimiento convencional y el adaptado”.